viernes, 5 de febrero de 2010

Manchando manos, un día más de creación.

Un taller lejos de Toledo.
I

Jòsue Álvarez

“Una, dos, tres, cuatro”, él las contó, cuatro paredes, solo se preguntaba dónde iniciaba y terminaba aquella habitación. La que un día fue su recamara pero el ya no estaba seguro si lo seguía siendo. Tal solo con ver que su cama era ya un pequeño sofá para acostarse en algo acolchonado, a el no le importaba, siempre decía: “Si en un taller hay mas de cinco rincones para dormir que más da”.

El restirador, caballete y pinturas ocupaban la mayor parte de su antigua habitación; las telas sucias, los pinceles lavados con olor a aguarrás y algunos cuadros terminados y otros pendientes lo terminaban de transformar en algo que, él quería descubrir.

Una, dos, tres, cuatro, eran las paredes, esas paredes que habían dejado de ser blancas y puras. Una de ellas invadida de bocetos a lápiz o a carboncillo, algunos recortes de sus primeros estudios y uno que otro incipiente cuadro que muestran a un pintor joven, curioso y titubeante. En otra pared había un cuadro terminado, que a diferencia de los que se encontraban en el suelo, este era más grande que contrastaban con pequeños pero numerosos recuerdos de cosas que valía la pena observar con mas frecuencia, eran: papeles, invitaciones, boletos, fotos, litografías o cualquier cosa que evocara lo acontecido. Pero ni los recuerdos y aquellos bocetos eran tan importantes como lo que se encontraba en otra pared, en ella había otros cuadros y varios recortes, pero estos estaban de más, lo importante eran bolsas de plástico cortadas embonadas en la pared, el había escrito ahí su manifiesto, él miró su obra y solo pronuncio

-Dinamismo-.

Uno, dos, tres cuatro y cinco. El ya lo tenía, no estaba contando su techo, que de vez en cuando se convertía en otra pared. Como le divertía la percepción de las personas que visitaban su taller. “Mi taller, eso es” gritó, Su recamara se ha convertido en un taller y como no pensarlo, con esa divertida percepción que expresaban los visitantes al describir la ultima pared, siempre alejados de lo que era, había que ponerle empeño, un Arte del empeño.

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